MÚSICA Y PODER
Rubén Rivas
La música es una de las artes que
posee en sí misma un alto poder evocativo y además una inmensa capacidad de
generar las reacciones conductuales más disimiles. De ello se percataron a
través de la historia los poderes que han ido rigiendo los destinos de la humanidad:
el Teúrgico mágico, el Eclesiástico, el Político y el actual poder de la Industria Cultural.
Las primeras reacciones frente al
fenómeno sonoro la tuvieron los seres humanos desde la prehistoria. El
sonido de un trueno o el de la brisa
terminó siendo interpretados por un guía o piache. Este antecesor al concepto
de líder, en su demostración de supremacía, estuvo siempre acompañado de algún
elemento musical, bien sea una maraca, un sonajero, tambor o simplemente
palmoteos, y así comienza esta historia que relata la relación poder- música o,
música – poder.
Gracias a la Antropología, hoy
sabemos que las primeras civilizaciones
de Mesopotamia y Egipto eran regidas por
un soberano. Sus poderes se cimentaban en ceremoniales con sacerdotes,
militares, altos dignatarios y pueblo llano. La música contribuía a fortalecer su
condición de ser supremo con poderes extraordinarios en lo político, religioso
y militar.
La Biblia
describe la orquesta de Nabucodonosor II (Daniel, 3), y según ella trompetas o
trompas, flautas u oboes dobles, liras y arpas sonaban en forma individual al
principio y luego conjuntamente, por lo que conocían la técnica concertante. [1]
Tal era el poder inmanente de la
música que los griegos decidieron darle un carácter divino. Apolo, fue el primero en ser asignado como
Dios de la música. La lira y la flauta
serán creación de otros dioses: Hermes y Pan. Una simbiosis de poder excepcional
nació entonces entre instrumento y
ejecutante, lo que les permitió mover
piedras y plantas, apaciguar animales y
monstruos, o conmover a otros dioses y humanos. Este fue el caso de Orfeo,
quien con su canto y lira provoca lágrimas en Hades y Persefone, dioses de los
infiernos, y así conseguir el rescate de
su amada esposa Euridice.
En la Roma imperial, la música
también se hace importante, en este caso en un momento trágico. Narra la Historia que en el año 64, el extravagante
Nerón decidió incendiar la capital del
imperio. Quedó en la leyenda que mientras observaba aquella hecatombe cantaba acompañándose de su lira.[2]
Con la llegada la Edad Media, el
poder ya no será de dioses ni emperadores; éste pasará a manos de la Iglesia. Desde
el siglo III hasta el XVI esta institución ejercerá un control absoluto sobre
la vida y destino de los hombres. La Iglesia encontró en la arquitectura y la
pintura aliados fundamentales en la consolidación de sus dogmas; a su
divulgación se sumará la música. El papa Gregorio Magno (540-604), ordenó en el
año 600 la recolección de los cantos cristianos dispersos en todos los
territorios hasta donde alcanzaba su influencia. Con ellos creó un Antifonario con Salmos e Himnos que en
adelante llevará su nombre: Cantos Gregorianos.
Vinieron nuevas luchas de poder.
Una de las más significativas la referida a la Primera Cruzada que en el año
1207 inició el papa Inocencio III. Los herejes del sur de Francia practicaban
otra forma de cristianismo llamado catarismo; además de contradecir órdenes
doctrinales, cometían el pecado de cantarle
a la Diosa madre, a la mujer y al amor
terrenal. [3]
Se calcula en 30.000 personas asesinadas
que cantaban diferente. Es decir, el poder no toleraba otros cantos que no
fueran los suyos.
Durante el Renacimiento y con los
avances de la ciencia, el poder de la iglesia se resquebraja. Buena parte de su potestad política pasará a
la naciente burguesía que sustentaba su poder en el comercio y en la naciente banca moderna.
La presencia de la música como el resto de las artes se hizo indispensable en
la reputación de los nuevos usufructuarios del poder. Reyes, iglesia, nobles y
burguesía se disputaban su prestigio político y social rodeándose de artistas y
hombres de ciencia del calibre de Leonardo, Galilei o Dufay . Los Médici en
Florencia, la familia D'Este en Ferrara, los Sforza en Milán o los Gonzaga en
Mantua, son muestra de un nuevo mecenazgo. [4]
Desde aquellos tiempos hasta el
día de hoy, no habrá actos de coronación o toma de poder político o
eclesiástico que no vaya acompañado del sonido conmovedor y convincente de la
música. Mozart sea quizás el primero en revelarse abiertamente ante su mecenas
el obispo Colloredo. No soportaba que se
le tratase como sirviente. Beethoven hizo lo propio convirtiéndose en el “primer músico
libre” de la Historia.
Llegado el siglo XX, surge un
nuevo poder, el que la Escuela de Frankfurt denominó Industria Cultural. El cine la radio y la TV se hacen hegemónicos.
Con ellos toman fuerza las galerías de arte, casas de subasta y concursos, el marchand d’art , el manager, los agentes literarios, las copias de
obras de arte, la multiplicación de los discos, los shows de talento, la era digital y la cultura de lo virtual.
Herber Marcuse y Theodor Adorno, de la Escuela de Frankfurt advierten de una humanidad controlada por un poder
altamente ideologizante y éste será el cuarto poder que influirá y controlará directamente
en la conducta y gustos estéticos de la mass
media.[5]
Estas premoniciones que parecen
cumplirse una a una, las encontramos en la literatura con obras como 1984 de
George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury,
con el uso asombroso y despreciable de la música como instrumento de tortura.
En La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick se puede vivir una terrible escena de
tortura empleando para ello música de Beethoven y no es exagerado decir que lo
que allí se ve como ciencia ficción, se ha venido aplicando para combatir enemigos
y sustentar poderes.
No estamos al tanto de cuantas metamorfosis
se están produciendo a lo interno de esta macro industria pero lo que sí es
seguro es que la música, generadora de tantas emociones y nacida de tantos y
tantos sentimientos nobles, continuará poseyendo un maravilloso poder
intangible que se hace libre cuando convertida en arte puro se aleja de lo
prosaico del mercado.
Lo que es cierto es que a través
de la historia, los artistas han convivido con estos poderes y sus obras han
sido, o bien el sustento de la ideología del poder o la expresión de rebeldía
frente a ella. De todas maneras, en uno u otro caso han surgido las más
asombrosas obras de arte que la humanidad ha disfrutado por siglos.
[1] Mendoza, Dr Adalberto García de (2 de enero de
2015). «XXVIII». Enciclopedia musical. Palibrio. ISBN 9781463396497
[2] Melcior,
Carlos José: Diccionario enciclopédico de música. 1859
[3] Dalmau,
Antoni (2006). El testamento del último cátaro, Capítulo cronología del
Catarismo. Ediciones Temas de hoy. ISBN 84-8460-503-5.
[5] “El
espectador no debe trabajar con su propia cabeza: toda conexión lógica que
requiera esfuerzo intelectual es cuidadosamente evitada”. Hebert Marcuse









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